El día en que me dejé morir (o que quise dejar de hacer cosas)
No sé bien cómo empezar a contar esto. Sólo sé que ocurrió un día de semana y del otro lado del ventanal comenzaba a caer la lluvia esa que no moja del todo, pero molesta. Los edificios de Caballito seguían en el mismo lugar, las persianas (las mismas de siempre en cada piso) estaban levantadas y la campana anunciaba un nuevo tren hacia Moreno. Nada había cambiado y todo había cambiado a la vez. Siempre me dio curiosidad la muerte. No una curiosidad inocente sino más bien, una curiosidad preocupada. Como me pasa con casi todo lo que no conozco: me preocupa, me asusta, me enristece, hace que me piense insegura. El temor por lo inevitable se vistió de luto y un par de lágrimas en la cocina me hicieron entender que había llegado la hora de aceptar que yo ya no estaba ahí. Quizás nunca lo había estado, de hecho. Y en tal caso, he allí el error que me condujo a un penar ya asfixiante. Ya no quiero hacer por hacer, ser esclava de la exigencia. Dejo morir esa parte mía, pero tambié...