Entradas

Mostrando entradas de 2017

No te condenes

  No te esclavices al dolor. No te condenes, no. Que se aviven las pasiones, los sentidos y el amor. No te entregues a crujir por el deseo ajeno, que ya somos muchos los que perdemos en el intento de intentar. Sí, ya somos muchos los que nos apagamos ante la lluvia de febrero que clama por renuncias que atentan contra lo impuesto. Ya somos muchos los que entendemos que nos aglutinamos sinsentido en un infinito que no da para más. Ya somos muchos los que nos marchitamos antes de florecer. Ya somos muchos los que nos abandonamos por alguna súplica de nuestra versión del yo que nos visita desde el ayer.   No te esclavices al dolor. No te condenes, no. Porque quizás no haya mejor consuelo que abrazarnos a la idea de que no se gana si no se cree en uno mismo, en un otro, en un mañana que nos hace promesas al oído sobre eximirnos de lo indeseado y de quereres rotos. Porque somos víctimas de una realidad que es la que nos toca y no la que elegimos, y caemos en que para sanarnos hay...

Entender (y vivir)

  Bastó entrar a la habitación de mi mamá esa mañana para entender un poco más de qué se trataba la vida.   Arriba del viejo televisor "tubo", yacían unos papeles viejos, un pequeño almanaque del 2005 que nos habrán dado en alguna tienda en víspera de año nuevo y un portarretrato con una imagen mía de cuando tenía cuatro años. El portarretrato estaba un poco desarmado, pero lograba mantenerse en pie. Algo así como yo.   Lo tomé entre mis manos e intenté acomodar su estructura. Quise reajustar el marco de madera, pero fue en vano. Seguía un tanto desarmado. Algo así como lo que yo había estado tratando de hacer conmigo misma: reacomodarme.   Decidí dejarlo entre mis manos y lo acerqué a la ventana de la habitación para observarlo mejor con la luz del día.   La imagen de mi versión a los cuatro años de edad encerrada en un objeto roto, me causó una sensación insólita. Entendí que después de todo, nos tenemos que querer así como estamos y somos, un poco desarma...

Miedo(s)

  Me gusta cuando jugamos a que el tiempo no existe. Me gusta cuando mi sonrisa se mece un rato en tus pupilas. Me gusta cuando me hacés creer que la vida no es más que un par de canciones con letras en inglés, servilletas sucias sobre la mesa y un asiento de tren del lado de la ventana. Me gusta cuando insinuamos que el hecho de ser soñadores, nos condena a una especie de locura asimétrica que se trepa desde las raíces de esa rutina que tanto queremos cambiar. Me gusta cuando mi mano se roza con la tuya, y en un ir y venir constante, se juntan y presumen con acotada inocencia ser una sola cosa, un todo. Incluso, me gusta poder decirte que tengo miedo. Que tengo miedo de que un día no exista un nosotros después del café. Que tengo miedo de que seamos víctimas de ese proceso de desgaste al cual se somete absolutamente todo. Que tengo miedo de que tus ojos miren en dirección opuesta a los míos. Que tengo miedo de que nos ceguemos por un impulso y no por lo genuino.   Y hoy ent...

Ellos

 Algo tiene la noche que hace que todo se vea y se sienta con mayor intensidad. Por inercia o por consuelo, desnudamos a un par de sueños que yacen ahí, en algún lugar del pecho cuya exactitud se desconoce. Es entonces cuando los subimos a un escenario de eternos quizás.  Arranca la función de todas las noches, y como es habitual, llegamos en horario. Somos espectadores abiertos a todo, a todo aquello que aún no es. Nos encanta ser críticos de los irreal, nos genera un sabor de poder de juicio imposible de destronar.   A través de sus múltiples interpretaciones, retratan deseos que ni siquiera nos atrevemos a desear, puesto que arrojan un grado de peligro aterrador. Después vienen las cosas del día a día que quisiéramos cambiar, cuestiones que nos guardamos y no nos animamos a decir, y metas que parecen estar ajenas a nuestras capacidades y oportunidades. Nos reflejan todo eso que esperamos y que nunca llega. (Pensándolo bien, ¿que nunca llegan o a las que nunca ...

Las olas grandes

  Es por nuestra condición de ser seres humanos y por cuestiones que poco tienen que ver con el deseo propio, que el día a día nos expone a situaciones colmadas de grises impredecibles (lo que en nuestra pobretona lengua cotidiana se conoce como situaciones de mierda).   Es de conocimiento universal saber que de todas las clases de situaciones de mierda existentes, las más viles son aquellas cuyas llegadas son anticipadas con una importante anterioridad dejando a la vista qué tan complicado se viene el tema. Ocurre entonces que, un buen día, la vida nos pone en medio de un mar embrabecido, lleno de olas de distintos tamaños que golpean contra nosotros. Sentimos que nos hundimos. Intentamos flotar y es ahí cuando nos damos cuenta de que en la superficie la ola rompe contra nosotros con una fuerza incorregible, por lo que decidimos probar con sumergirnos. Justo viene una ola pequeña. Tomamos aire y, cuando la ola se aproxima, nos tapamos la nariz y vamos abajo del agua por unos...