Esperando
Entró al bar y se sentó en la misma mesa en la que se sentaba todos los viernes y con el mismo objetivo de todos los viernes: esperarla. Sí. Lo único que lo motivaba a estar ahí con lo brazos cruzados sobre la mesa y la mirada puesta en las historias que se cruzaban del otro lado de la ventana, era una espera monótona que siempre acababa con el mismo resultado. Pidió un café, como todos los viernes. Se acomodó su corbata de viernes, se llevó la mano a la boca con el fin de verificar tener puesta su dentadura de viernes y observó su reloj de viernes. Supo entonces que quizá la vida no era más que un par de agujas, que en un incesante tic-tac, se autodeclaran maestras de lo determinante. Al advertir que venía el hombre que todos los viernes vendía rosas, lo llamó con la mano mientras metía la otra en el bolsillo del pantalón para sacar su billetera. Su billetera de viernes, claro. Compró una y la sostuvo. El mozo se acercó a la mesa con el café de viernes y el viejo ...