Esperando

Entró al bar y se sentó en la misma mesa en la que se sentaba todos los viernes y con el mismo objetivo de todos los viernes: esperarla. Sí. Lo único que lo motivaba a estar ahí con lo brazos cruzados sobre la mesa y la mirada puesta en las historias que se cruzaban del otro lado de la ventana, era una espera monótona que siempre acababa con el mismo resultado. 
Pidió un café, como todos los viernes. Se acomodó su corbata de viernes, se llevó la mano a la boca con el fin de verificar tener puesta su dentadura de viernes y observó su reloj de viernes. Supo entonces que quizá la vida no era más que un par de agujas, que en un incesante tic-tac, se autodeclaran maestras de lo determinante.
Al advertir que venía el hombre que todos los viernes vendía rosas, lo llamó con la mano mientras metía la otra en el bolsillo del pantalón para sacar su billetera. Su billetera de viernes, claro. 
Compró una y la sostuvo. 
El mozo se acercó a la mesa con el café de viernes y el viejo hizo un movimiento con su cabeza a muestra de agradecimiento. 
La rosa estaba sobre la mesa, y sobre la rosa su mano, un tanto arrugada y manchada, producto de los años.
Mientras tomaba el café, se vio invadido por los recuerdos. Ese verano en Mar del Plata cuando ella caminó hacia el mar para, únicamente mojarse los pies y se volteó a mirarlo, sonriendo frente al viento que le embravecía el cabello, tendiéndole la mano a lo lejos para invitarlo a mojarse con él. Esa tarde en la plaza, sentados en el único banco que recibía sombra, acariciándole el vientre y musitando nombres al aire, intentando seleccionar alguno para aquella criatura que venía en camino a descubrir esta ciclotímica travesía llamada vida. Esa fiesta de aniversario número 40 en el club del barrio con los vecinos, los hijos, los nietos que cada vez estaban más altos.
Terminó el café y miró su reloj. 
—¿Será posible que todos los viernes me haga lo mismo? ¿Qué pasa que no llega, che? —pensó.
—Señor —dijo el mozo al acercarse a la mesa— ya estamos por cerrar. Necesitamos que pague la cuenta y se retire, por favor. 
El bar estaba vacío y los empleados ya habían terminado de levantar todas las sillas arriba de la mesa. 
—No me puedo ir —dijo el viejo con la voz un tanto quebrada y los ojos clavados en la puerta. —Ella va a llegar en cualquier momento.
Los mozos, como todos los viernes, tuvieron piedad por el viejo y se fueron de su lugar de trabajo dejándolo sólo, ahí sentado en su mesa de viernes, con todas las luces apagadas, excepto la de la cocina que se filtraba por unas ventanas internas donde se pasaban los pedidos. Los mozos entendían que, después de todo, todos somos un poco ese viejo de los viernes. Porque, no nos damos cuenta, pero así andamos siempre. Esperando todo eso que se nos fue o que nos sacaron de las manos pero que no promete retorno. Esperando todo eso que nunca llega. Esperando.

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