No hay

No hay abril que no calcine tu sentir en el olvido. No hay olvido que no lleve tu nombre. Bueno, para la desgracia humana, no hay olvido.
Es que no hay otoño más eterno que aquel que cabe en tus ojos y no hay día en el que no quiero que vengas. Que vengas y que me arregles, que me acomodes un poco, aunque ya me haya resignado a este desarme incorregible del que estoy hecha.
No hay noche en la que mi alma no se desdibuje a costas de un acercamiento que nunca llega.
Porque lo único que nos une es eso: un desencuentro impensado, ajeno a nuestros planes.
No hay momento en el que no me pregunte por qué dejamos de ser ensayo y error para ser más error que ensayo.
Pero ya me hice amiga de este infortunio que nace de esas místicas estrategias del destino. Porque no hay un nosotros que me invite insistir, a desistir, o a resistir. Al fin y al cabo, después de tanta cursilería barata, me doy cuenta de que no hay en vos algo que me pertenezca, que me corresponda. Ya no hay nada mío en vos. No. No hay.

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