Entender (y vivir)

  Bastó entrar a la habitación de mi mamá esa mañana para entender un poco más de qué se trataba la vida.
  Arriba del viejo televisor "tubo", yacían unos papeles viejos, un pequeño almanaque del 2005 que nos habrán dado en alguna tienda en víspera de año nuevo y un portarretrato con una imagen mía de cuando tenía cuatro años. El portarretrato estaba un poco desarmado, pero lograba mantenerse en pie. Algo así como yo.
  Lo tomé entre mis manos e intenté acomodar su estructura. Quise reajustar el marco de madera, pero fue en vano. Seguía un tanto desarmado. Algo así como lo que yo había estado tratando de hacer conmigo misma: reacomodarme.
  Decidí dejarlo entre mis manos y lo acerqué a la ventana de la habitación para observarlo mejor con la luz del día.
  La imagen de mi versión a los cuatro años de edad encerrada en un objeto roto, me causó una sensación insólita. Entendí que después de todo, nos tenemos que querer así como estamos y somos, un poco desarmados.
  Me perdí en esa imagen, que retrataba perfectamente aquellos días en los que no entendía ni necesitaba entender nada. Hermoso es el sentir que todo es un juego sin reglas, principio, ni final.
Giré la cabeza, y me encontré con mi rostro en el espejo. Entendí que ya habían sido demasiadas las derrotas, pero que había que seguir jugando.
  Entendí que hay dolores. Imborrables, pasajeros, insanos, eternos.
  Entendí que hay vacíos. Intensos, ínfimos, opacados por las tintas de lo imposible, de deseos reprimidos.
  Entendí que hay ausencias. Causales, ocasionales, voraces, inevitablemente pasionales. Todas y cada una de ellas, impregnadas de recuerdos. Es que también hay recuerdo, por lo que entendí que no hay olvido.
  Entendí que vivir es y desprende un eternal de cosas, pero hay una que, sin querer, se me está cayendo en este delirio letrado: nos pasamos la vida tratando de entenderla, en lugar de vivirla.

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