Ellos

 Algo tiene la noche que hace que todo se vea y se sienta con mayor intensidad. Por inercia o por consuelo, desnudamos a un par de sueños que yacen ahí, en algún lugar del pecho cuya exactitud se desconoce. Es entonces cuando los subimos a un escenario de eternos quizás.
 Arranca la función de todas las noches, y como es habitual, llegamos en horario. Somos espectadores abiertos a todo, a todo aquello que aún no es. Nos encanta ser críticos de los irreal, nos genera un sabor de poder de juicio imposible de destronar. 
 A través de sus múltiples interpretaciones, retratan deseos que ni siquiera nos atrevemos a desear, puesto que arrojan un grado de peligro aterrador. Después vienen las cosas del día a día que quisiéramos cambiar, cuestiones que nos guardamos y no nos animamos a decir, y metas que parecen estar ajenas a nuestras capacidades y oportunidades. Nos reflejan todo eso que esperamos y que nunca llega. (Pensándolo bien, ¿que nunca llegan o a las que nunca llegamos? Creo que la única salida decente es seguir rumbo. En el camino, o llegamos nosotros a ellas, o son ellas las que se topan con nosotros).
 Encaran roles diversos hasta que sale el sol. Ocurre de esta manera que los sueños se ubican en el procenio del escenario, hacen un saludo final y salen de escena. Se van. Se van a quién sabe dónde y a hacer quién sabe qué cosa. Se me ocurre tal vez, que se van de gira a otros teatros, pero siempre teniendo en cuenta que existe un regresar.
 Es que ellos entienden. Sí señores, no los subestimen. Ellos entienden más que nosotros. Saben perfectamente que no hay lugar para ellos, que la salida del sol indica que es hora de despertar o de que la realidad nos despierte. Abrir los ojos, toparnos con lo que es, con lo que hay y con lo que somos, puede llegar a ser trágico. Puede parecer duro, desolador, insano. Ellos no lo dicen, pero lo saben. Saben que despertar es algo aberrantemente necesario. Porque de nada sirve vivir soñando los sueños, si nunca vamos a despertar para cumplirlos. 

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