El refugio
Yo creo que todos tenemos un refugio. Y si no todos lo tenemos, mínimamente todos lo merecemos.
Un lugar a donde huir cuando estamos en el fondo. Y todos estuvimos alguna vez en el fondo. Ya sabés de lo que te hablo.
Estar en el fondo tiene esa cosa de no poder decir todo lo que hay para decir, de creer que lo único que conocemos es lo único que puede darse y que no merece la lágrima intentar dar los pasos que siguen porque, en el fondo, primero viene la lágrima y, casi nunca, los pasos.
Estar en el fondo es decir sin pensar o pensar tanto para terminar diciendo nada la mayoría de las veces. Porque, en el fondo, al otro no le importa lo que tenemos para decir. Eso es estar en el fondo: que la palabra arda en el pecho palpitando al son del error y hacer que eso se haga costumbre. Una puta mala costumbre.
Estar en el fondo es doler momentos que no existen, porque nos olvidamos de crear los recuerdos lindos que podrían acompañarnos toda la vida y transformarlos en el capital necesario para dar los pasos que siguen, aunque en el fondo no hay pasos que siguen, todo es una horrenda repetición de lo que se hace para sostener lo insostenible y de lo que no se hace por no herir al otro, para no romper más todo aquello que, en realidad, ya está roto. Ya está, che. ¿Para qué agregarle otra rajadura al jarro?
Estar en el fondo es temblar. A veces de frío, a veces de miedo, pero temblar. Y lo que tiembla es porque no tiene sus bases firmes. Yo tiemblo. A veces de frío, a veces de miedo, porque quisiera por fin dar los pasos que siguen, pero en el fondo no se puede porque todo es una horrenda repetición de la historia que ya conocemos y entramos en un bucle infinito de sinsabores, tele con lluvia y foto vieja.
Por suerte, ellos están ahí: los refugios. A los refugios hay que saber identificarlos. A veces cuesta, pero sosiega la idea de saberlos existentes y cercanos.
Cuando te dicen que te quieren mientras se les sale la primavera por los ojos, ahí tenés un refugio.
Cuando un lugar te acoge y te recibe, sin importar los retazos que te cuelguen del alma, ahí tenés un refugio.
Cuando te reís y las ausencias dejan de doler por un rato, ahí tenés un refugio.
Cuando compartís un momento con las personas que te hacen bien, ahí tenés un refugio.
Cuando te quedás dormido mientras escuchás la lluvia caer, ahí tenés un refugio.
Cuando estás haciendo lo que te gusta a pesar de todo lo que te asusta, ahí tenés un refugio.
Ah, y la casa de la abuela... La casa de la abuela también es un refugio. Y así, podría seguir.
Yo creo que todos tenemos un refugio. Y si no todos lo tenemos, mínimamente todos lo merecemos.
Porque los refugios tienen eso, ¿viste? En tiempos oscuros, te susurran al oído sobre mañanas prometedores y te recuerdan que la calma siempre llega. Siempre llega.
Un lugar a donde huir cuando estamos en el fondo. Y todos estuvimos alguna vez en el fondo. Ya sabés de lo que te hablo.
Estar en el fondo tiene esa cosa de no poder decir todo lo que hay para decir, de creer que lo único que conocemos es lo único que puede darse y que no merece la lágrima intentar dar los pasos que siguen porque, en el fondo, primero viene la lágrima y, casi nunca, los pasos.
Estar en el fondo es decir sin pensar o pensar tanto para terminar diciendo nada la mayoría de las veces. Porque, en el fondo, al otro no le importa lo que tenemos para decir. Eso es estar en el fondo: que la palabra arda en el pecho palpitando al son del error y hacer que eso se haga costumbre. Una puta mala costumbre.
Estar en el fondo es doler momentos que no existen, porque nos olvidamos de crear los recuerdos lindos que podrían acompañarnos toda la vida y transformarlos en el capital necesario para dar los pasos que siguen, aunque en el fondo no hay pasos que siguen, todo es una horrenda repetición de lo que se hace para sostener lo insostenible y de lo que no se hace por no herir al otro, para no romper más todo aquello que, en realidad, ya está roto. Ya está, che. ¿Para qué agregarle otra rajadura al jarro?
Estar en el fondo es temblar. A veces de frío, a veces de miedo, pero temblar. Y lo que tiembla es porque no tiene sus bases firmes. Yo tiemblo. A veces de frío, a veces de miedo, porque quisiera por fin dar los pasos que siguen, pero en el fondo no se puede porque todo es una horrenda repetición de la historia que ya conocemos y entramos en un bucle infinito de sinsabores, tele con lluvia y foto vieja.
Por suerte, ellos están ahí: los refugios. A los refugios hay que saber identificarlos. A veces cuesta, pero sosiega la idea de saberlos existentes y cercanos.
Cuando te dicen que te quieren mientras se les sale la primavera por los ojos, ahí tenés un refugio.
Cuando un lugar te acoge y te recibe, sin importar los retazos que te cuelguen del alma, ahí tenés un refugio.
Cuando te reís y las ausencias dejan de doler por un rato, ahí tenés un refugio.
Cuando compartís un momento con las personas que te hacen bien, ahí tenés un refugio.
Cuando te quedás dormido mientras escuchás la lluvia caer, ahí tenés un refugio.
Cuando estás haciendo lo que te gusta a pesar de todo lo que te asusta, ahí tenés un refugio.
Ah, y la casa de la abuela... La casa de la abuela también es un refugio. Y así, podría seguir.
Yo creo que todos tenemos un refugio. Y si no todos lo tenemos, mínimamente todos lo merecemos.
Porque los refugios tienen eso, ¿viste? En tiempos oscuros, te susurran al oído sobre mañanas prometedores y te recuerdan que la calma siempre llega. Siempre llega.
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